A más de 1000 m de altura, trabajando de día y descansando de noche, la uva de altura encuentra su camino hacia la maduración deseada. Los rayos del sol y el frío que se filtra por las montañas generan un vino de carácter especial, donde la amplitud térmica genera una amplitud de aromas, sabores y colores que encandilan al paladar y otros sentidos.
Las brisas, a veces de Zonda, y el suelo, pedregoso y permeable, completan el cuadro de una uva a la altura de los deseos del productor, que artesanalmente buscará conseguir un vino que transmita todas las características que la vid y su entorno prometen.
El resultado es un vino de calidad, que se disfruta desde el descorchado y se fija con su sabor en la memoria del catador. Porque un vino de altura te hace recordar que nunca tomaste otro vino así.
